Exigirte puede ayudarte a crecer y alcanzar tus metas. El problema comienza cuando esa exigencia deja de tener en cuenta tus circunstancias y convierte tu propia voz interna en una fuente constante de presión.

«Araceli Vega enseñando inteligencia emocional

 

Si hoy te resulta más fácil escuchar que leer, puedes escuchar esta reflexión completa aquí.

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«Lo tengo que hacer y punto»

Hace unos años llegó a mi consulta una mujer que quería sacar una plaza en la Administración Pública. La llamaré Rosana como nombre ficticio.

Rosana ya tenía un trabajo de administrativa como interina en una institución pública y quería obtener una plaza fija, así que se propuso estudiar para conseguirla.

El problema por el que venía a mí, era que se sentía incapaz de estudiar de forma efectiva los temas del examen. Cuando iba a intentarlo, se daba cuenta de que boicoteaba toda posibilidad de avance: se quedaba con la mirada fija en un párrafo y su mente se desviaba hacia otros temas. Acababa sus horas de estudio con el resultado de muy pocos folios avanzados y escasa asimilación de la materia.

Uno de los primeros problemas que descubrimos fue que su nivel de autoexigencia era enorme. Las metas diarias de estudio que se ponía eran prácticamente inalcanzables, a pesar de que ella misma se daba cuenta de la imposibilidad de llegar a ellas.

El segundo problema era que los mensajes internos que se dirigía a sí misma resultaban poco alentadores, por no decir, en algunos casos, demoledores.

La clase de mentalidad en la que vivía, era la de una altísima autoexigencia con un apoyo cero hacia sí misma.

Y esto no ocurría sólo en el caso de Rosana. A lo largo de los años he visto algo parecido muchas veces, tanto en personas conocidas de mi entorno como en consultantes a los que he estado acompañando.

Hay días en los que hacemos muchas cosas.

Hacemos nuestro trabajo, resolvemos asuntos pendientes, atendemos responsabilidades, ayudamos a otras personas, solucionamos imprevistos… y, cuando finalmente llega el momento de parar, nuestra cabeza no hace un balance real de todo lo que hemos realizado.

Se dirige inmediatamente hacia lo que falta. Es decir, se fija únicamente en la carencia:

«Todavía tengo que…»

«Esto ya debería haberlo terminado…»

«Me falta esto y mañana tengo que hacer más…»

«No he avanzado suficiente…»

De esta manera, podemos terminar un día objetivamente productivo con la sensación de no haber hecho bastante.

Porque la autoexigencia no siempre se reconoce como un mandato imperativo sobre nosotros mismos que no toma en cuenta el contexto. Muchas veces la vivimos simplemente como responsabilidad, compromiso, perfeccionismo, deseo de hacer las cosas bien o necesidad de llegar a todo.

Y precisamente por eso podemos tardar en darnos cuenta de cuándo empezamos a sobrepasar un límite saludable.

 

La autoexigencia no es el problema

Con lo que he explicado hasta aquí, puede parecer que pedirnos hacer más viene a ser el problema de fondo. Pero déjame decirte algo importante: sin duda necesitamos cierto grado de exigencia.

Esa petición de un poco más a nosotros mismos nos permite comprometernos con nuestros objetivos, mantener el esfuerzo cuando algo cuesta y autosuperarnos. Nos ayuda a mejorar lo que hacemos, a desarrollar nuestras capacidades y asumir responsabilidades.

Por tanto, el objetivo no es convertirnos en personas que no se exigen nada.

La cuestión es otra:

¿La exigencia que estoy ejerciendo sobre mí me ayuda a avanzar o me mantiene permanentemente bajo presión?

Ahí empieza la diferencia entre una exigencia que sirve a nuestros objetivos y una exigencia que termina gobernando nuestra vida, porque nos desvía del necesario autocuidado.

 

Cuando nunca llegas al punto de «ya está bien»

Una autoexigencia mal regulada puede ir desplazando continuamente el punto en el que consideramos que algo es suficiente.

Terminas una tarea, y enseguida aparece la siguiente sin darte espacio para descansar en la acción terminada.

Consigues algo, e inmediatamente piensas en lo que todavía falta sin permitirte disfrutar de tu logro.

Resuelves un problema, y ya estás anticipando otro sin respirar después de la presión eliminada.

Descansas, y aparece la sensación de que deberías estar aprovechando el tiempo, sin permitirte ni siquiera ese espacio de respiro.

De esta manera, nuestro sistema interno nunca recibe la señal de que puede parar.

Y aquí estamos abriendo la puerta a un problema muy común: la ansiedad.

No llega necesariamente porque provenga de un gran problema externo, sino que aparece porque internamente vivimos anticipando, comprobando, corrigiendo y exigiéndonos continuamente.

Es entonces cuando la ansiedad puede alimentarse de esa sensación permanente de:

«Todavía no he llegado.»

 

La mente vive instalada en lo siguiente

Cuando vivimos desde una exigencia constante, nuestra atención tiende a desplazarse continuamente hacia el futuro.

Pensamos en lo que tenemos que hacer después, en algo que podría salir mal, en eso que nos falta preparar, en qué deberíamos mejorar o en todo lo que ocurrirá si no llegamos.

Incluso mientras hacemos una cosa, mentalmente ya estamos en la siguiente.

Y eso dificulta algo esencial para nuestra regulación emocional: estar presentes en lo que estamos haciendo y poder reconocer cuándo algo ya está suficientemente bien.

Esa ansiedad que muchas veces no sabemos de dónde procede, puede tener una raíz invisible muy bien instalada en nosotros: las consecuencias catastróficas que imaginamos que podrían ocurrir, si no podemos hacerlo todo, si lo hacemos más despacio de lo que creemos que deberíamos, o si no lo llevamos a cabo exactamente como queremos o esperamos.

 

Convertir lo pendiente en una deuda contigo

Una cosa es responsabilizarte de lo que todavía necesitas hacer y otra muy distinta convertir todo lo pendiente en una deuda contigo.

Todos tenemos cosas pendientes. De hecho, siempre tendremos algo que hacer, completar o mejorar.

La diferencia está en cómo nos relacionamos emocionalmente con ello.

Podemos pensar:

«Esto queda para mañana.»

O podemos dirigirnos a nosotros mismos desde un tono imperativo y juzgador:

«Otra vez no has sido capaz de terminarlo.»

El hecho es prácticamente el mismo, pero la experiencia interna es completamente diferente.

En el segundo caso, a la tarea pendiente añadimos juicio, presión y quizá culpa. Y terminamos cargando con un peso emocional negativo algo que simplemente necesitaba organización, tiempo o una modificación de nuestras expectativas.

 

¿Qué hay debajo de la autoexigencia?

Cuando hablamos de autoexigencia, pueden aparecer formas muy diferentes de relacionarnos con nosotros mismos.

Una de ellas está asociada a esa frase imperativa e inflexible que he escuchado muchas veces en consulta:

«Es mi deber…»

Otra nace de algo diferente que ha tomado una referencia autoimpuesta:

«Necesito hacerlo por…»

Esta segunda puede ser el resultado de una reflexión mucho más pausada.

Por eso, no toda autoexigencia nace del mismo lugar.

En algunas personas, puede provenir del miedo a equivocarse. En otras, de la necesidad de reconocimiento. También puede estar presente el mandato de no decepcionar a alguien, la necesidad de control, el miedo a no estar a la altura, la comparación con los demás o una idea muy rígida acerca de cómo «deberían» hacerse las cosas.

Sin embargo, muchas veces esa exigencia es simplemente el producto de una inercia creada durante años: nos hemos acostumbrado a funcionar así, y ni siquiera nos cuestionamos el nivel de exigencia al que nos sometemos.

Por eso no basta con decirnos:

«Tengo que exigirme menos.»

En el caso de Rosana, el proceso no se detenía porque ella se dijera eso a sí misma cada día, cuando acababa llena de culpa por no haber terminado la tarea prevista.

Tuvimos que ir al fondo del porqué de ese mandato interno.

Necesitamos comprender para qué nos estamos exigiendo de esa manera y qué creemos que ocurriría si dejáramos de hacerlo.

Esa pregunta puede llevarnos bastante más lejos.

En Rosana, reveló que había creado una expectativa muy alta sobre cómo tenía que ser su trabajo ideal y que, en su mente, solo cabía una posibilidad: la plaza fija significaba su éxito profesional. Si esto no ocurría, lo consideraba un fracaso profesional.

 

Aprender a regular la exigencia

Regular nuestra exigencia implica aprender a valorar nuestras circunstancias reales.

Quizá hoy podemos dar mucho, pero mañana vamos a necesitar bajar el ritmo.

Habrá momentos en los que lo más conveniente sea perseverar aunque estemos cansados, y otros en los que precisamente lo responsable será parar y descansar.

No existe una respuesta idéntica para todas las situaciones. Por eso, necesitamos desarrollar criterio y aprender a observar qué está ocurriendo realmente antes de decidir cuánto más debemos pedirnos.

Para hacerlo, pueden ayudarnos algunas preguntas:

  • ¿Esta meta que he establecido es razonable teniendo en cuenta mis circunstancias actuales?
  • ¿Estoy reconociendo también lo que ya he hecho hasta ahora o solo estoy mirando lo que falta?
  • ¿Esta exigencia me ayuda a actuar con más concentración, calidad o efectividad, o la presión que genera empieza a dificultármelo?
  • ¿Mantendría este nivel de exigencia con una persona a la que respeto y quiero?

No se trata de introducir la autocompasión como una consigna, sino de observar el criterio que utilizamos con nosotros mismos.

Es decir que buscamos comprobar si nuestra vara de medir es más corta para nosotros y más larga para los demás.

 

Mantener tus metas en equilibrio

Después de todo lo expuesto, no estamos afirmando que debas renunciar a tus aspiraciones y dejarlo todo en «modo blando» porque antepones una idea equivocada de autocuidado antes que tus propósitos.

Podemos querer crecer, tener objetivos importantes y comprometernos mucho con aquello que hacemos. Todo esto, de hecho, es muy sano.

Incluso quizá atravesemos etapas en las que sea necesario realizar un esfuerzo extraordinario.

Ahora bien, ninguna meta necesita que vivamos permanentemente en guerra con nosotros mismos para alcanzarla.

Aprender a regular la autoexigencia significa que podemos avanzar en equilibrio sin convertir nuestra propia voz interna en otra fuente de presión.

Avanzamos, sí, pero también nos escuchamos e integramos nuestro autocuidado. Y de la misma forma en que valoramos en otras personas sus logros y la superación de sus obstáculos, aprendemos a valorarlos también en nosotros.

Valoramos nuestra meta teniendo en cuenta nuestras condiciones, nos damos cuenta de que gracias a ella crecemos y mejoramos y, desde ahí, avanzamos asegurando siempre ese imprescindible apoyo a nosotros mismos.

Porque no es que necesitemos hacer menos ni aspirar a menos.

Normalmente necesitamos algo mucho más preciso:

Aprender a distinguir cuándo nuestra exigencia nos está ayudando a avanzar, y cuándo ha empezado a impedirnos vivir con tranquilidad mientras avanzamos.

 

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