Ayudar a alguien puede significar hacer algo por él, enseñarle, acompañarle o, a veces, permitir que lo haga por sí mismo. Distinguir qué necesita realmente el otro es una de las partes más difíciles del buen apoyo.
Si hoy te resulta más fácil escuchar que leer, puedes escuchar esta reflexión completa aquí.
Cuando ayudar parece lo más evidente
Cuando nació mi hija Clara con síndrome de Down, tuve que aprender a discernir de una forma muy profunda hasta dónde llegaba mi ayuda y hasta dónde esa ayuda se podía convertir en un obstáculo.
Ante todas sus evidentes limitaciones siendo niña, era muy fácil para mí entrar a resolver o hacer por ella con el deseo de ayudarla: darle de comer en vez de enseñarle a coger la cuchara, ponerle el abrigo en vez de permitirle equivocarse en sus intentos, hacer la cama yo en lugar de permitirle a ella hacerla con más lentitud…
Tuve que aprender, con la experiencia y la reflexión, que el verdadero apoyo no es la sustitución de la capacidad del otro, sino el acompañamiento atento en sus necesidades para que pueda sacar lo mejor de sí mismo, a su ritmo y con su propia manera de hacerlo.
Y esto no ocurre únicamente en la educación de un hijo.
Extrapolado a cualquier ámbito y relación de nuestra vida, nos encontramos muchas veces con situaciones de personas queridas en las que nos hacemos cargo de sus problemas y asumimos su responsabilidad como propia.
Y entonces nos alejamos de ese apoyo que respeta el crecimiento del otro.
¿Cómo debería ser un apoyo que cuida y fortalece?
Ante una dificultad, un acompañamiento efectivo puede convertirse en una explicación, si sabemos cómo resolverla.
Si podemos facilitarle algo a la otra persona, lo hacemos.
Cuando vemos que está tomando una decisión que puede traerle problemas, intentamos mostrarle las consecuencias y hablar de posibles alternativas.
Y todo esto puede proceder de un lugar muy sano: nos importa esa persona y queremos contribuir a su bienestar.
De hecho, parece, y es, lo más coherente.
Ahora bien, muchas veces la dificultad aparece cuando, casi sin advertirlo, pasamos de preguntarnos:
«¿Qué puedo hacer para ayudarte?»
a pensar:
«Tengo que conseguir que esto se resuelva.»
Porque, en ese pequeño desplazamiento, podemos haber empezado a asumir una responsabilidad que no nos corresponde completamente.
Ayudar no siempre significa hacer nosotros
Cuando Clara empezó a caminar ya tenía tres años, así que era muy fácil entender que su capacidad motórica quizá fuese siempre limitada y que no tendría buena movilidad.
Era sencillo encasillarla y limitarla.
Sin embargo, su padre y yo decidimos involucrarla desde pequeña en el deporte. No íbamos a forzarla, solo apoyarla.
Así practicó durante años natación, equitación, ballet y baloncesto. Nuestra idea era dejarle el espacio para que su capacidad se fuera desarrollando al ritmo que pudiera y sacara sus mejores posibilidades.
En este proceso fuimos solventando las dificultades que se presentaban mientras le dejábamos su espacio a ella y, a la vez, seguíamos los consejos de los profesionales que nos iban acompañando.
Así llegó a la adolescencia convertida en una deportista entusiasta que disfrutaba con la actividad física.
Un buen día, una de sus entrenadoras de multideporte vio en ella muy buenas cualidades para practicar cheerleading. Se trata de una combinación de acrobacias, baile y gimnasia, y nos propuso que formara parte de un equipo de chicas que lo practicaban.
El reto era que ninguna de las deportistas de ese equipo tenía discapacidad, así que no solo era un desafío para ella, sino también para nosotros: teníamos que confiar en que fuera capaz de integrarse y de estar a gusto ella y el resto del equipo.
Una vez más decidimos apoyarla y confiar en sus posibilidades.
Hace seis años desde entonces, y Clara este año ganó su tercera medalla de oro en el Campeonato de España de Cheerleading, compitiendo como deportista pionera con discapacidad. En cada entrenamiento, en cada competición intenta superarse, solventar dificultades y conseguir logros, disfrutando junto con sus compañeras y estando integrada y feliz.
Y este deporte se ha convertido en una de las actividades más motivadoras para ella.
Con esta vivencia durante muchos años, he tenido uno de los aprendizajes más directos e intensos sobre cómo ayudar no significa siempre hacer una intervención directa por nuestra parte.
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Ayudar no consiste necesariamente en hacernos cargo y actuar nosotros sustituyendo a la otra persona.
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No puedo estar en cada entrenamiento o competición en que se presenta una dificultad para Clara. Solo puedo apoyarla, animarla o hablar con ella para que ella misma encuentre la forma de avanzar o superarse.
Muchas veces ese apoyo o ese ánimo serán silenciosos o indirectos, pero lo más importante es que la otra persona sienta que puede contar con nosotros de manera incondicional en la medida que necesita.
¿Hasta dónde ayudo y a partir de dónde necesito permitir que lo haga ella?
A veces ayudar consiste en hacer por alguien aquello que todavía no puede hacer.
Otras veces consistirá en enseñarle a hacerlo.
Y llega un momento en el que ayudar significará permitirle que lo intente por sí mismo.
Incluso cuando tarda. También cuando se equivoca. Aún más cuando a nosotros nos resultaría mucho más fácil intervenir.
Esto, que he vivido constantemente en la educación de mi hija, también ocurre entre los adultos.
Acompañar, ayudar y hacerse cargo no son lo mismo
Hay una distinción que puede ayudarnos a reconocer esa frontera.
Acompañar puede significar escuchar, estar presente, preguntar, ofrecer perspectiva o simplemente permanecer cerca.
Ayudar añade una intervención que consideramos necesaria: ofrecemos información, hacemos algo concreto, enseñamos, facilitamos un recurso o colaboramos en la solución.
Hacernos cargo empieza cuando vamos asumiendo como nuestra la responsabilidad de que el problema del otro se resuelva.
Y la frontera no siempre es evidente.
Porque podemos estar realizando exactamente la misma acción y que su significado sea diferente dependiendo de desde dónde la hacemos y qué responsabilidad estamos asumiendo.
En las dos primeras, acompañar y ayudar, la persona continúa siendo protagonista de su proceso.
Cuando nos hacemos cargo, en cambio, corremos el riesgo de sustituir capacidades que el otro necesita desarrollar o ejercer por sí mismo, siempre que se encuentre en condiciones de hacerlo.
«Pero es que yo sé cómo solucionarlo»
Esta afirmación puede ser la puerta de entrada a ese tercer aspecto de hacernos cargo.
Vemos perfectamente qué tendría que hacer nuestra pareja, sabemos cómo nuestro hijo adulto podría resolver un problema o tenemos clarísimo que un amigo se está equivocando.
Un compañero lleva una tarea de una manera que nosotros podríamos resolver en la mitad de tiempo y entonces intervenir parece casi lógico.
Pero hay una pregunta incómoda e interesante:
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Que yo sepa cómo resolver algo, ¿significa necesariamente que me corresponde resolverlo?
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No siempre.
Porque el otro también necesita construir criterio, asumir consecuencias, equivocarse, rectificar y descubrir sus propios recursos.
Cuando nuestra necesidad de ayudar también habla de nosotros
Hay ocasiones en las que el hecho de intervenir no responde únicamente a las necesidades del otro.
Puede responder también a lo difícil que nos resulta a nosotros verle preocupado, presenciar su equivocación, aceptar que tome una decisión diferente a la nuestra, tolerar su frustración o esperar mientras encuentra su propia solución.
Incluso podemos experimentar culpa:
Y entonces aparece una pregunta bastante más profunda:
¿Estoy interviniendo porque esto es realmente lo que el otro necesita o porque me resulta difícil sostener lo que me provoca verle atravesar esta situación?
No se trata de juzgarnos, sino de conocer a fondo desde dónde estamos actuando.
Porque puede ocurrir que intentemos aliviar el malestar del otro y, al mismo tiempo, estemos intentando aliviar nuestro propio malestar ante su dificultad.
Ayudar demasiado también puede tener consecuencias
Cuando resolvemos continuamente por alguien aquello que podría empezar a resolver por sí mismo, podemos estar enviándole indirectamente un mensaje:
«No confío completamente en que puedas hacerlo.»
Aunque jamás lo hayamos querido decir.
Podemos, además, estar privándole de algo esencial: la experiencia de comprobar que es capaz.
La confianza personal no se construye únicamente escuchando que alguien confía en nosotros.
También se construye atravesando dificultades, tomando decisiones, equivocándonos, corrigiendo y comprobando que disponemos de recursos para continuar.
Muchos de los éxitos de Clara en su vida han sido consecuencia de espacios dedicados precisamente a esto: permitir que se frustrara o se equivocara mientras le enseñábamos el camino alternativo mejor.
También necesitamos aprender a no intervenir
En nuestra vida con las personas más cercanas y queridas, podría decirse que esta es una de las mayores dificultades que se nos presentan, especialmente si somos personas activas y resolutivas, como es mi tendencia.
Normalmente pensamos que ayudar requiere hacer algo.
Pero, en determinadas ocasiones, la conducta emocionalmente más madura puede ser contener nuestra propia necesidad de intervenir.
Quizá la otra persona solo necesite que estemos disponibles, que observemos, que le demos tiempo o que le preguntemos:
«¿Necesitas que haga algo o prefieres intentarlo tú?»
O, sencillamente:
«¿Cómo puedo ayudarte?»
En lugar de decidir nosotros de antemano qué ayuda necesita.
Y después es preciso respetar la respuesta.
Hacer esto no significa mostrar indiferencia.
No tiene que ver con abandonar al otro ni mirar hacia otro lado.
Puede ser una forma profunda de confianza:
«Estoy aquí, pero creo que tú también puedes.»
La responsabilidad sigue siendo compartida, pero no confundida
No vivimos aislados. Nos necesitamos. Nos ayudamos.
En una familia, una pareja, una amistad o un equipo existen responsabilidades compartidas.
Por eso, no se trata de establecer compartimentos estancos de «esto es tuyo y a mí no me importa».
Se trata de comprender que compartir responsabilidad no significa confundir responsabilidades.
Puedo estar profundamente implicado en tu bienestar sin asumir como mías todas tus decisiones.
Te puedo ayudar con un problema sin convertirme en responsable de solucionarlo.
Puedo acompañarte mientras sufres sin tener la obligación de conseguir que dejes de sufrir inmediatamente.
Y puedo respetar tu autonomía aunque, en ocasiones, el camino que elijas no sea el que yo habría elegido.
Algunas preguntas para encontrar esa fina línea de la mejor ayuda
No existe una fórmula que nos diga exactamente cuándo intervenir y cuándo apartarnos. La respuesta dependerá de la persona, de sus capacidades, del momento que esté atravesando y de la situación concreta.
Pero podemos hacernos algunas preguntas que nos ayuden a observar mejor desde dónde estamos ayudando:
- ¿Esta persona necesita realmente que haga esto por ella o podría hacerlo por sí misma con algún apoyo?
- ¿Estoy ayudando porque me lo ha pedido o me estoy adelantando a decidir qué necesita?
- ¿Mi intervención aumenta sus recursos o puede estar sustituyéndolos?
Y hay una pregunta que, para mí, resume este artículo:
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¿Estoy ayudando a esta persona a sostener lo que le corresponde o estoy intentando sostenerlo yo en su lugar?
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Ayudar también es confiar
Cuidar bien a alguien no significa evitarle todas las dificultades.
Habrá momentos en los que estaremos a su lado haciendo, otros en los que le enseñaremos y algunos en los que estaremos sosteniendo su estado o su proceso.
Y habrá ocasiones en las que nuestra mejor manera de ayudar será permanecer lo suficientemente cerca para que sepa que cuenta con nosotros y, al mismo tiempo, lo suficientemente lejos para permitirle descubrir sus propios recursos.
Porque ayudar no consiste siempre en hacer más por el otro.
A veces implica algo bastante más difícil:
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Confiar en que puede hacer por sí mismo aquello que nosotros podríamos hacer por él.
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