Una buena gestión de lo que sientes no significa conseguir que desaparezca cuanto antes esa emoción. Muchas veces tu propia presión por recuperarte rápidamente añade una dificultad más a lo que ya estás viviendo.
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Si hoy te resulta más fácil escuchar que leer, puedes escuchar esta reflexión completa aquí.
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A veces pasamos por vivencias fuertes en las que no solo nos sobrecarga lo que está ocurriendo, también nos pesa no haber conseguido sentirnos mejor todavía.
Consideramos que deberíamos haber superado nuestro desequilibrio porque ya ha pasado un tiempo desde aquella discusión, esa pérdida, aquel problema familiar, esa decepción o esta etapa difícil que hemos pasado.
«No tendría que seguir dándole vueltas.»
«Ya debería haberlo superado.»
«No está bien continuar sintiéndome así.»
«Tengo que dejar de preocuparme.»
Y, a veces, aparece una frase especialmente dura:
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«Con todo lo que he aprendido y todo lo que he trabajado en mí, ¿cómo es posible que esto pueda seguir afectándome?»
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Entonces, al malestar flotante que ya teníamos, añadimos otro: el sentimiento de que estamos gestionándolo mal.
La prisa por encontrarnos bien
Siempre queremos sentirnos bien, es lo natural y lo lógico, pero no siempre es posible.
Óscar —no es su nombre real— se había interesado por los temas de autoayuda y desarrollo desde muy joven. Era bastante experto en técnicas diversas para relajarse y mantener su equilibrio emocional y mental.
Vino a mi consulta reconociendo que estaba entrando en una depresión de la que no lograba salir con sus recursos y no entendía por qué.
Trabajaba como ingeniero informático y, en su compañía, siempre destacaba como mediador en conflictos. Era la persona que sabía dar un buen consejo o tener una frase amable o adecuada cuando se necesitaba.
Así que vino pidiéndome ayuda para eliminar la profunda tristeza que no era capaz de aliviar por sí solo.
Cuando algo nos duele, nos preocupa, nos enfada o nos produce inquietud, solemos buscar la manera de aliviarlo. Intentamos entender qué nos ocurre, hablamos con alguien, utilizamos recursos que conocemos o buscamos soluciones.
El problema aparece cuando el hecho de sentirnos bien lo convertimos en una obligación y empezamos a establecer, casi sin darnos cuenta, un plazo para conseguirlo.
Esperamos que, después de una conversación, ya no nos duela. Que, una vez tomada una decisión, se eliminen nuestras dudas. Que cuando se llegue a alguna solución del problema, desaparezca inmediatamente la preocupación. O que después de comprender racionalmente lo ocurrido, nuestras emociones automáticamente desaparezcan.
Sin embargo, las emociones no siempre siguen el ritmo marcado por nuestras decisiones o razonamientos.
Podemos saber que hemos tomado la decisión adecuada, pero sentir tristeza. Comprendemos perfectamente por qué ocurrió algo y continuamos enfadados. Hemos salido de una situación difícil y aún seguimos necesitando tiempo para recuperar la tranquilidad.
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Comprender una emoción nos puede ayudar a gestionarla.
Pero entenderla no significa necesariamente que hayamos terminado de sentirla.
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Saber mucho también puede convertirse en una exigencia
Óscar había leído mucho, había hecho cursos y conocía herramientas que le ayudaron a saber lo que le ocurría. Pero su nivel de autoexigencia consigo mismo para atravesar y colocar sus emociones era muy alto; tanto, que le producía verdadera ansiedad.
A veces puede aparecer una consecuencia paradójica: cuanto más sabes sobre cómo gestionar tus emociones, menos comprensivo te muestras contigo si no consigues encontrarte bien.
«Sé perfectamente que no debería pensar esto.»
«Debo relativizar lo que está pasando.»
«Después de todo lo que ya sé, tendría que saber manejarlo mejor.»
Este tipo de frases son las que me dijo Óscar en nuestro primer encuentro.
El conocimiento que debía convertirse en un recurso de ayuda acaba transformándose entonces en un nuevo medio para juzgarte.
Quizá el problema se encuentra precisamente en ese «debería» que se convierte en un juez. Porque aprender a gestionar nuestras emociones no nos hace inmunes ni máquinas frías ante lo que ocurre en nuestra vida.
Gestionar no significa dejar de sentir
La inteligencia emocional no pretende conseguir que las cosas nos afecten poco o nada; tampoco busca convertirnos en personas permanentemente tranquilas y capaces de recuperar inmediatamente el bienestar después de cualquier dificultad.
Gestionar nuestras emociones implica reconocer lo que sentimos, comprender qué está ocurriendo, regular nuestra respuesta cuando sea necesario y decidir qué hacemos con aquello que estamos sintiendo.
Y eso es muy diferente de lograr que una emoción desaparezca en el momento que nosotros decidimos que ya ha durado lo suficiente.
Una pérdida siempre duele. Una decepción nos puede enfadar. Una situación de incertidumbre nos puede preocupar. Una injusticia nos puede generar rabia. Una etapa especialmente exigente puede dejarnos agotados, incluso una vez que haya terminado.
Sentir esas emociones con toda su intensidad no significa que estemos gestionándolas mal.
La cuestión no es solamente qué estamos sintiendo, sino qué hacemos con eso que sentimos.
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Una cosa es querer estar mejor y otra exigirte conseguirlo cuando tú quieres.
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Naturalmente, tampoco se trata de resignarnos al malestar.
Decir «necesito mi tiempo» no debería convertirse en una explicación que utilicemos indefinidamente para no afrontar lo que pertenece a nuestra responsabilidad o aquello en lo que sí podemos actuar.
Quizá estamos alimentando ciertos pensamientos que aumentan innecesariamente nuestra ansiedad. Puede que haya una conversación que seguimos evitando. Tal vez necesitemos tomar una decisión, establecer un límite, pedir ayuda o cambiar una conducta.
Por eso puede ser útil preguntarnos:
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¿Estoy intentando ayudarme a estar mejor o me estoy exigiendo dejar de sentir esto?
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Aunque puedan parecer similares, no son exactamente lo mismo.
Cuando intentamos ayudarnos, nuestra actitud es la de apoyo y actuación comprensiva hacia nosotros mismos, recurriendo a lo que está en nuestras manos.
Cuando nos exigimos dejar de sentir, estamos cuestionando esa emoción que juzgamos como no válida y su presencia la consideramos un fracaso.
Y entonces ya no sólo tenemos que gestionar la tristeza, la preocupación, el enfado o el cansancio iniciales. También tenemos que gestionar la frustración que produce no haber conseguido eliminarlos.
Exactamente éste era el punto en el que se encontraba Óscar, aplastado anímicamente por no poder eliminar los sentimientos que acompañaban a su depresión.
Cuando se hizo consciente de esto, por fin se permitió sentir todo lo que buscaba aflorar en él. Comprendió que su emoción tenía un mensaje que no podía ser ignorado.
La ruptura con su pareja meses atrás, que había dicho que no le afectaba, era la causa de su profunda tristeza. Entenderlo fue el primer paso y darse el espacio para sentirlo fue el segundo.
A partir de ahí, aún profundizó mucho más hasta encajar los porqués y la relevancia que esa ruptura había tenido en su vida. Entonces sí fue capaz de recuperar el ansiado equilibrio dos meses más tarde sin la autoexigencia con la que llegó a mi consulta.
Hay momentos en los que ya hemos hecho lo que podíamos hacer
No todas las situaciones emocionales necesitan la misma respuesta.
A veces necesitamos actuar; otras, solo entender. Habrá momentos en que tendremos que revisar nuestra forma de interpretar lo ocurrido y otros en que será necesario modificar una situación concreta.
Pero también hay momentos en los que ya hemos hecho prácticamente todo lo que estaba en nuestras manos.
Hemos tomado la mejor decisión.
El problema se ha solucionado.
La situación que nos preocupaba ha terminado.
Hemos comprendido lo ocurrido.
Y, sin embargo, todavía no nos sentimos completamente bien. Nos falta algo.
Y es que hay un periodo de asentamiento y gestión interna propia que tenemos que considerar.
Después de una prolongada etapa de estrés podemos necesitar recuperar energía. Tras una pérdida, quizá necesitemos reorganizar nuestra vida porque ha desaparecido una parte importante en ella. Después de una decepción, podemos necesitar integrar lo ocurrido y cambiar algunas expectativas. Una vez tomada una decisión difícil, puede que debamos acostumbrarnos a la nueva realidad que se ha creado.
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Hay procesos emocionales que no pueden acelerarse simplemente
porque nosotros hayamos decidido que ya estamos cansados de atravesarlos.
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Cuando los demás también esperan que estemos bien
A veces la presión no procede únicamente de nosotros.
Las personas que nos quieren desean vernos bien y, con la mejor intención, pueden intentar ayudarnos.
«Tienes que animarte.»
«Debes pensar en otras cosas.»
«Tienes que pasar página.»
Seguramente detrás de esta clase de frases hay cariño. Pero quien está atravesando una situación difícil puede terminar percibiendo la obligación de dejar de hablar y pensar en aquello, su deber de mostrarse más animado o demostrar que ya lo ha superado.
Podemos imponérnoslo a nosotros mismos porque no queremos preocupar a nuestros seres queridos. Porque estamos cansados de contar el mismo problema a nuestros amigos. También porque sabemos que nuestra pareja tiene sus propias dificultades. O porque tenemos un trabajo que hacer, responsabilidades que atender y personas que dependen de nosotros.
Así que continuamos funcionando, ignorando y «sobreponiéndonos».
Podemos llegar incluso a representar que estamos bien antes de estarlo realmente, como le ocurrió a Óscar.
Pero anular el sentirnos mal por la razón que sea no significa necesariamente que ya estemos preparados para encontrarnos bien.
Cuando estar mejor se convierte en un examen
Existe otra forma más sutil de presionarnos: comprobar constantemente cómo estamos.
«¿Sigo triste?»
«¿Todavía me preocupa?»
«¿Por qué continúo pensando en esto?»
«Pero si ayer estaba mejor, ¿por qué hoy vuelvo a estar así?»
Nuestro estado emocional termina convirtiéndose en una especie de examen diario en el que buscamos señales que confirmen que estamos avanzando.
Y ese examen puede hacernos interpretar cualquier día malo como un retroceso.
Pero los procesos emocionales no siempre evolucionan de forma lineal.
Encontrarnos mejor durante unos días no significa que algo no pueda volver a afectarnos un tiempo después; del mismo modo que tener un día difícil no significa necesariamente que hayamos vuelto al punto de partida.
Quizá, en lugar de preguntarnos continuamente si ya estamos bien, podamos preguntarnos algo diferente:
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¿Qué necesito realmente en este momento?
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La respuesta puede ser actuar, pedir ayuda, hablar, descansar, cambiar algo que depende de nosotros o dejar de alimentar determinados pensamientos.
Y, en algunas ocasiones, puede consistir sencillamente en seguir viviendo sin convertir cada emoción que aparece en una evaluación de nuestro progreso.
Aprender a acompañarnos mientras algo pasa
Hay una parte de la gestión emocional de la que quizá hablamos menos.
No siempre tiene que ver con el hecho de resolver.
La gestión emocional efectiva consiste en saber sostenernos mientras algo todavía no está resuelto emocionalmente.
Podemos continuar sintiendo tristeza sin abandonar nuestra vida.
Incluso es posible que estemos inquietos y procuremos que esa preocupación no decida cada una de nuestras acciones.
Podemos sentir enfado y elegir cómo expresarlo.
También podemos atravesar una etapa difícil y, al mismo tiempo, cuidar de nuestras relaciones, atender a nuestras responsabilidades y buscar momentos en los que recuperar energía.
Porque, para esos periodos, es posible que el avance no consista en comprobar que cada día estamos sintiendo menos.
Puede que sea algo mucho menos evidente: que aquello que sentimos ya no determine todas nuestras decisiones, no ocupe todos nuestros pensamientos ni nos impida seguir relacionándonos con el resto de nuestra vida.
Quizá una parte importante de la madurez emocional consiste precisamente en poder decir:
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«Esto todavía me afecta, pero no necesito entrar en conflicto conmigo porque todavía me esté afectando.»
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Desde ahí podremos decidir qué estamos necesitando.
Algunas veces, para encontrarnos mejor, necesitaremos tomar una decisión, introducir un cambio o realizar una acción concreta. En otras ocasiones, necesitaremos buscar ayuda. Y habrá momentos en que lo que ya estamos haciendo sea suficiente.
Entonces, es posible que el siguiente paso no sea esforzarnos aún más para encontrarnos bien, sino dejar de exigirnos que aquello que estamos viviendo termine emocionalmente antes de que realmente haya terminado.
¿Te ha ayudado esta reflexión?
A veces, cuando nos sentimos mal, lo último que necesitamos es añadirnos la obligación de estar bien cuanto antes.
Si quieres comprender mejor qué puede estar haciendo que te sientas sobrepasada y conocer otras maneras de afrontar esos momentos sin exigirte todavía más, puedes empezar por este recurso gratuito.
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