Hay momentos en que la intensidad de lo que sientes no se corresponde con lo que está ocurriendo. En vez de juzgarte, puedes utilizar tu reacción para comprender qué está ocurriendo verdaderamente en ti.

Araceli Vega

Si hoy te resulta más fácil escuchar que leer, puedes escuchar esta reflexión completa aquí.

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«No entiendo por qué me ha afectado tanto»

«Hay días que hago un mundo de un pequeño incidente sin importancia».

Eso es lo que me decía una consultante que había venido porque tenía fuertes problemas con su pareja. No era capaz de controlar sus reacciones y tenía constantes peleas con su esposo.

Y es que hay días en los que alguien hace un comentario que, aparentemente, no tiene demasiada importancia y nos sentimos mal durante horas.

Mandamos un mensaje, tardan en contestarnos y empezamos a sentir inquietud.

Alguien hace una pequeña crítica sobre nosotros y nos duele muchísimo más de lo que esperábamos.

Surge un contratiempo que normalmente solucionamos con facilidad, pero ese día nos sentimos muy sobrepasados.

Muchas veces, además, a esa primera reacción se añade una segunda que aumenta todavía más la presión:

«No entiendo por qué me ha afectado tanto».

Precisamente ésta era la segunda frase que añadió mi consultante. Después me explicó que sentía que no tenía ningún control sobre su reacción y que esto, además de hacerla sentir mal, se había convertido en una fuente de reproche contra sí misma.

Y si la primera reacción suele ser difícil de llevar, la segunda puede ser aún peor porque se prolonga silenciosamente dentro de nosotros.

Empezamos a decirnos:

Estoy exagerando.

No debería ponerme así por esto.

Tampoco es para tanto.

Y no reparamos en que quizá el problema no está en que sintamos «demasiado», sino en no comprender qué más se encuentra dentro de esa reacción.

 

Las emociones no responden únicamente al hecho que acaba de ocurrir

Cuando sentimos una emoción tendemos a relacionarla directamente con el último acontecimiento:

Me siento así por lo que me ha dicho.

Estoy enfadado porque ha ocurrido esto.

Me he puesto triste porque no me ha contestado.

Naturalmente, lo que acaba de suceder tiene una influencia. Es el detonante.

Pero nuestra respuesta emocional no se construye únicamente con el acontecimiento presente.

Llegamos a cada situación con un estado emocional previo, unas experiencias, unas expectativas, unas necesidades y una determinada cantidad de energía disponible.

Por eso, el mismo comentario puede afectarnos muy poco un día y, en otro momento, dejarnos profundamente afectados.

 

¿Qué puede hacer que reaccionemos con mayor intensidad?

No existe una única explicación. Antes de concluir que estamos exagerando, merece la pena observar qué estaba ocurriendo en nosotros cuando apareció ese pequeño detonante.

Puede que llevemos muchos días acumulando tensión y el hecho haya sido simplemente la gota que ha hecho rebosar nuestra capacidad para gestionar lo que estaba ocurriendo.

También puede existir un cansancio mayor de lo habitual que disminuya nuestra capacidad para tomar perspectiva.

Quizá hemos vivido varias pequeñas situaciones que no hemos terminado de procesar y estamos reaccionando a la última con el peso de todas las anteriores.

O puede que nos encontremos especialmente vulnerables respecto a ese asunto que, visto desde fuera, parece no tener tanta importancia.

Y existe otra posibilidad: que lo ocurrido haya tocado algo que para nosotros tiene un significado mucho más profundo de lo que aparentemente muestra la situación.

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La situación puede ser pequeña, pero la emoción puede estar hablándonos de algo más grande 
que no resulta tan evidente.       ______________________________________________________________________________________________________________________

 

La gota no explica todo el vaso

Cuando un vaso está casi lleno, hace falta muy poca agua para que rebose.

Pero sería un error pensar que la última gota es la causa principal de que el vaso se desborde.

Esa última gota solo fue el detonante de un vaso que ya estaba al límite de su capacidad.

Emocionalmente puede ocurrir algo parecido.

Ese mensaje, ese comentario, ese gesto, ese retraso o ese pequeño problema puede haber sido simplemente aquello que llegó a un sistema emocional que ya estaba bastante cargado.

El error está en que solemos analizar muchísimo la gota, cuando quizá necesitamos mirar con más atención cómo estaba el vaso y por qué estaba a punto de rebosar.

Mi consultante reprochaba muchos fallos a su pareja en la convivencia diaria, así que, en una ocasión, analizamos qué mantenía su vaso a punto de rebosar prácticamente cada día.

Ella misma se dio cuenta de cuál era el problema de fondo: la falta de una comunicación franca y fluida con su marido.

Él era un hombre más bien parco en palabras y todo aquello que no expresaba, ella lo interpretaba como le parecía y, casi siempre, negativamente.

Después de aquella sesión de descubrimiento, una noche mantuvo una larga y productiva conversación con su pareja sobre su forma de comunicarse.

A partir de ahí se produjo un cambio importante en la manera de relacionarse de ambos.

 

Otras veces no hay acumulación: se ha tocado algo importante

Pero no siempre existe un vaso lleno de pequeñas situaciones anteriores.

A veces una situación aparentemente pequeña activa algo que tiene un significado especialmente importante para nosotros.

Una observación relativamente neutra sobre algo que hemos hecho puede tocar nuestra sensación de no ser suficientemente buenos.

El hecho de que alguien no cuente con nosotros, puede conectar con experiencias anteriores de exclusión.

Una pequeña falta de consideración, quizá producto simplemente de un descuido o un olvido, puede afectarnos especialmente si para nosotros el respeto constituye un valor fundamental.

Y aquí aparece un matiz esencial:

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Entender de dónde procede la intensidad de una emoción 
no significa que nuestra interpretación de lo ocurrido sea necesariamente cierta.

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Puedo sentirme rechazado —y mi sentimiento es auténtico—, pero eso no demuestra automáticamente que la otra persona me haya rechazado.

Precisamente por eso es tan importante recordar que no todo lo que pensamos es necesariamente verdad.

 

Cambia «no debería sentirme así» por una pregunta más útil

Cuando una reacción te sorprenda por su intensidad, antes de juzgarla puedes detenerte y hacerte una pregunta:

          ¿Qué está haciendo que esto me afecte tanto precisamente ahora?  

A partir de ahí puedes abrir la exploración.

Quizá necesites observar qué estabas sintiendo antes de que ocurriera, si llevas varios días acumulando tensión o si estás especialmente cansado, preocupado o vulnerable.

Tal vez lo ocurrido haya tocado algo importante para ti.

También puedes preguntarte qué interpretación estás haciendo de la situación o si realmente estás reaccionando solo a este acontecimiento o más bien al peso de otros anteriores.

No necesitas responder todas estas preguntas.

No estamos haciendo un examen exhaustivo de nuestra emoción ni buscando completar una lista.

Son preguntas para abrir la comprensión.

Quizá haya una que te llame especialmente la atención porque sientas que conecta con tu reacción.

Se trata, simplemente, de ir un poco más allá del hecho inmediato que la desencadenó.

Comprender una emoción no significa obedecerla

Supongamos que descubro que una contestación de alguien me ha producido muchísimo enfado.

Puedo reconocerlo.

Puedo intentar comprender por qué.

Puedo aceptar que realmente estoy muy enfadado.

Ahora bien:

               Sentir intensamente una emoción no me obliga a actuar con la misma intensidad.

Tal vez necesite esperar.

Preguntar antes de sacar conclusiones.

Hablar de lo ocurrido cuando esté más tranquilo.

O, sencillamente, no hacer nada todavía.

Y aquí llegamos a una idea que me parece fundamental:

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      El fin de la inteligencia emocional no es conseguir que las cosas te afecten poco o nada. 
     Su fin principal es poder decidir qué haces con aquello que te está afectando mucho.

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Tu reacción puede darte información

La próxima vez que algo aparentemente pequeño te afecte mucho más de lo que esperabas, quizá no necesites decirte inmediatamente que estás exagerando.

En su lugar, puedes detenerte, escuchar lo que estás sintiendo y preguntarte qué más puede estar contándote esa reacción.

Porque a veces el acontecimiento que tenemos delante explica lo que sentimos.

Y otras veces solamente ha abierto una puerta hacia algo que ya estaba dentro y que necesitamos tener en cuenta.

No siempre necesitamos conseguir que algo nos afecte menos. A veces necesitamos comprender mejor por qué nos está afectando tanto.

Gestionar una emoción no significa reducirla hasta que deje de molestarnos.

Hay cosas que nos importan. Hay situaciones que duelen. Hay momentos en los que estamos cansados, preocupados o especialmente sensibles.

El fin de la inteligencia emocional no es llegar a un punto en el que casi nada pueda alterarnos.

Implica desarrollar la capacidad de preguntarnos:

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Esto que estoy sintiendo, ¿qué me está mostrando y qué quiero hacer yo con ello?

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Porque quizá no siempre podamos decidir cuánto nos afecta algo.

Pero sí podemos aprender a decidir qué hacemos con aquello que nos está afectando.

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