Algunas respuestas pueden ayudarnos a entender, reparar y terminar una etapa. El problema surge cuando nuestra capacidad de seguir adelante depende de algo que solo otra persona puede darnos.

Si hoy te resulta más fácil escuchar que leer, puedes escuchar esta reflexión completa aquí.

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A veces hay conversaciones que necesitamos tener.

Precisamos saber por qué alguien actuó de determinada manera, que nos explique lo que ocurrió, que reconozca el daño, que nos pida perdón o que admita que no estuvo bien lo que hizo.

En ocasiones no buscamos siquiera una disculpa, solo queremos comprender.

Con esta situación llegó a mi consulta de coaching Sandra, una mujer recién separada que se preguntaba por qué su marido la había dejado por una compañera de trabajo.

Sandra, que no es su verdadero nombre, no había asumido esa separación. De hecho, no la quería porque seguía amando a su marido y no entendía que, de la noche a la mañana, hubieran acabado veinticinco años de matrimonio.

Me pidió ayuda para gestionar el dolor y el sentimiento de no valer nada que no podía quitarse de encima. Había estado con una buena psicóloga durante un año y ahora pensaba que su necesidad era aprender a gestionar por sí misma los sentimientos que la mantenían en un carrusel emocional descontrolado.

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La necesidad de tener respuestas puede ser completamente legítima. 

El problema aparece cuando la respuesta que necesitamos depende de otra persona 

y esa persona no quiere, no sabe o no puede dárnosla.

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Hay respuestas que realmente importan

Entonces podemos quedar atrapados durante mucho tiempo en una especie de espera emocional:

«Si al menos me explicara por qué lo hizo…»

«Necesito que reconozca lo que pasó.»

«No puedo cerrar esto hasta que hablemos.»

Pero ¿qué ocurre cuando esa conversación nunca llega?

¿O cuando llega, pero la respuesta no es la que esperábamos?

Exactamente esta fue la situación que vivió Sandra. Al decirle que la dejaba, su exmarido no le dio explicaciones claras, solo evasivas y contestaciones llenas de culpa, acompañadas de la firme decisión de abandonarla por otra mujer.

En las sesiones que tuvimos, descubrió que éste era realmente el gran escollo que debía superar. No podía inventarse una explicación tranquilizadora que no tenía.

Y es que sería injusto resolver este asunto diciendo simplemente: «No necesitas nada del otro para cerrar una etapa».

Las relaciones humanas no funcionan así.

Una conversación sincera, auténtica y verdadera puede reparar mucho porque, en caso contrario, esa falta de explicación puede conducir a un limbo de suposiciones por parte de quien busca ese diálogo.

Y este limbo acaba muchas veces llevando al dolor o la tristeza a quien espera entender.

Un «me equivoqué» puede aliviar un dolor que llevábamos años sosteniendo.

Y escuchar un «sé que te hice daño y lo siento» puede tener un enorme valor cuando procede precisamente de quien nos lo causó.

Por eso, cuando necesitamos hablar, preguntar o aclarar algo, puede ser muy importante intentarlo.

Podemos expresar lo que sentimos, preguntar, explicar qué necesitamos comprender y pedir una conversación sincera.

Es recomendable incluso decirle al otro que, para nosotros, sería importante que reconociera determinadas cosas.

Todo eso está dentro de nuestra capacidad de actuación.

Pero hay un punto a partir del cual ya no decidimos nosotros.

 

La respuesta también pertenece al otro

Es posible pedirle una explicación, pero no podemos obligarle a tenerla y menos aún a dárnosla.

Podemos pedirle sinceridad; sin embargo, no podemos obligarle a decirnos lo que no quiere decir.

Igualmente, podemos explicarle que algo nos hizo daño, pero no podemos conseguir que el otro lo interprete exactamente como nosotros lo entendemos o lo vemos.

Y quizá deseemos profundamente que alguien reconozca lo ocurrido sin tener ninguna garantía de que vaya a hacerlo.

Porque a veces la otra persona tiene una versión completamente distinta.

Otras veces se defiende para evitar reconocer algo que le obligaría a enfrentarse a una imagen de sí misma que no quiere mirar.

Es posible que minimice lo sucedido, que diga que no lo recuerda, que justifique su comportamiento, que cambie de tema. O, sencillamente, que no quiera hablar.

Y aquí aparece una de las partes más difíciles de gestionar:

Podemos tener una necesidad legítima cuya satisfacción no esté en nuestras manos.

 

Cuando seguimos esperando una explicación

Hay personas que continúan manteniendo durante años una conversación imaginaria con alguien.

Piensan qué le dirían, qué tendría que contestar, qué explicación necesitarían escuchar y cómo cambiarían las cosas si finalmente reconociera lo ocurrido.

Y mientras tanto, aquella situación continúa ocupando un espacio emocional importante en su vida.

No necesariamente porque la persona quiera aferrarse al pasado, sino porque hay algo que sigue esperando ser resuelto.

«Cuando entienda por qué ocurrió, podré pasar página.»

«Cuando reconozca que fue injusto conmigo, podré dejarlo atrás.»

«Cuando me pida perdón, podré estar en paz.»

Pero en esas frases existe una condición que puede pasar inadvertida:

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Mi posibilidad de estar mejor depende de que otra persona haga algo.

Y ahí es donde necesitamos empezar a recuperar nuestro margen de actuación.

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A veces la respuesta llega y tampoco resuelve todo

También puede ocurrir algo desconcertante.

Esperamos durante mucho tiempo una conversación y finalmente la tenemos.

Pero esa explicación del otro no nos basta, porque nos falta algo.

Quizá esperábamos una razón que consiguiera ordenar lo sucedido y descubrimos que no existe.

O nos encontramos con que la respuesta es mucho más simple de lo que imaginábamos.

También podemos recibir una disculpa y comprobar que esa disculpa no borra automáticamente las consecuencias y los efectos de lo ocurrido.

Incluso podemos descubrir que la otra persona no sabe por qué actuó así, porque no todos nuestros comportamientos proceden de decisiones perfectamente conscientes que después podemos explicar.

Por eso, obtener una respuesta no siempre equivale a obtener el cierre que esperábamos.

Exactamente eso es lo que le ocurrió a Sandra. Después de cuatro sesiones de coaching emocional para gestionar todo lo que sentía, por fin consiguió tener la ansiada conversación con su exmarido, esa que esperaba que fuera sincera y solucionara su descontrol emocional.

Y lo que encontró fue que él no era capaz de explicar por qué lo había hecho. Su mirada vacía y avergonzada, acompañada de un «no lo sé», dejó a Sandra aún más hundida que antes de la conversación.

Y es que a veces llevamos tanto tiempo imaginando que determinada conversación resolverá nuestro dolor que le hemos atribuido una capacidad reparadora que ningún diálogo podría tener por sí solo.

 

Comprender no siempre significa conocer todos los porqués

Tal vez haya preguntas cuya respuesta nunca conozcamos.

¿Por qué alguien dejó de contar con nosotros?

¿Qué llevó a actuar de esa manera a una persona a la que queríamos?

¿Por qué nuestro padre o nuestra madre no pudieron darnos algo que necesitábamos?

¿Cuál es la razón por la que alguien eligió callar en lugar de explicar?

¿Por qué no nos defendió?

¿Qué impidió que nos pidiera perdón?

Podemos hacer esas preguntas una y otra vez y formular incluso hipótesis razonables, pero una hipótesis no es una respuesta.

Quizá nunca tengamos la certeza que buscamos.

Aceptar eso no significa decir que lo ocurrido estuvo bien ni restarle importancia.

No tiene que ver con perdonar obligatoriamente ni con reconciliarnos con nadie a costa de lo que sea.

Significa reconocer una realidad mucho más concreta:

Hay una parte de esa historia que no depende de nosotros y quizá nunca lleguemos a conocerla ni podamos disponer de ella.

      

¿Qué es lo que sí está en tus manos?

Llegados a ese punto, quizá necesitemos cambiar la pregunta.

En vez de seguir preguntándonos únicamente:

«¿Qué necesito que esa persona me diga?»

podemos empezar a preguntarnos:

 

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«¿Qué necesito yo para poder seguir adelante, aunque esa respuesta no llegue?»

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Y las respuestas que vengan, serán diferentes en cada caso.

Tal vez necesite reconocer que aquello realmente me hizo daño y comprender la dimensión de ese dolor en lugar de seguir minimizándolo.

Quizá necesite permitirme sentir un enfado que está ahí latente.

Probablemente necesite poner distancia o establecer un límite.

Tal vez necesite hablar de lo ocurrido con alguien que sea capaz de escucharme.

O revisar qué significado he dado a aquello y qué conclusiones sobre mí mismo he construido a partir de esa experiencia.

Finalmente, puede que necesite dejar de intentar conseguir una explicación de alguien que lleva años demostrando que no quiere darla.

Porque una cosa es lo que alguien hizo y otra, no siempre evidente, es lo que terminamos creyendo sobre nosotros a consecuencia de lo que hizo.

Y este era el «meollo» del problema de Sandra: el abandono le había dejado una profunda huella de desvalorización que aquella conversación no eliminó, pero sí evidenció de una forma muy clara.

En las siguientes sesiones trabajamos a fondo esa falta de autoestima hasta que finalmente se sintió capaz de rehacer su vida y cerrar en paz el final de su matrimonio.

 

Cerrar una etapa no siempre significa tener todas las respuestas

Hay historias que sí se pueden cerrar con una conversación.

En algunas relaciones —no solo sentimentales, sino también familiares, laborales o de amistad— las dos personas consiguen mirarse con honestidad, reconocer errores, comprenderse mejor y reparar parte del daño.

Cuando eso ocurre, tiene un enorme valor.

Pero hay otras historias que tendremos que aprender a cerrar de una manera diferente.

No porque la respuesta haya dejado de importarnos ni porque creamos que ya no tenemos derecho a ella, sino porque esperar indefinidamente algo que no depende de nosotros puede mantener nuestra vida emocional vinculada a una decisión ajena.

Y quizá una parte importante de cuidarnos consiste precisamente en reconocer cuándo hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos.

Preguntamos, intentamos hablar, explicamos, pedimos, dimos la oportunidad de aclarar o reparar.

Y después llegó un límite.

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Seguir adelante sin una respuesta no significa que la pregunta no fuera importante.

Significa aceptar que quizá nunca podamos completar esa parte de la historia con la versión del otro y decidir que, 

aun así, nuestra vida puede continuar.

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Porque hay respuestas que pueden ayudarnos muchísimo.

Pero cuando no llegan, necesitamos encontrar una forma de que su ausencia no tenga la última palabra sobre nuestra vida.

Y quizá ahí empiece otra forma de cerrar: dejar de esperar que sea la respuesta del otro la que nos permita recuperar las riendas de nuestras decisiones, de nuestras emociones y, en definitiva, de nuestra vida.

 

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