No siempre nos sentimos sobrepasados porque tengamos demasiadas cosas que hacer. A veces el problema está en todo lo que estamos manteniendo activo a la vez, incluso cuando no podemos hacer nada con ello.
________________________________________________________________________________________________________________
Si hoy te resulta más fácil escuchar que leer, puedes escuchar esta reflexión completa aquí.
_________________________________________________________________________________________________________________
Imagínate por un momento que tuvieras cinco empleos.
Por la mañana trabajas en una oficina, pero mientras estás allí tienes que ir pensando en lo que necesitarás por la tarde en tu segundo trabajo.
A mediodía empiezas el tercero y, aunque deberías estar concentrado en él, necesitas recordar algo que dejaste pendiente en el primero.
Cuando llegas al cuarto, recibes mentalmente avisos de los otros tres.
Y al terminar la jornada todavía queda el quinto.
En todos tienes responsabilidades, en todos hay algo que recordar y en todos quieres hacerlo bien.
Probablemente acabarías agotado y seguramente no harías bien ninguno.
Pues, salvando las distancias, hay momentos en los que sometemos a nuestra mente a algo muy parecido.
Estamos trabajando, pero una parte de nuestra atención está ocupada en una conversación que tuvimos ayer. Preparamos la comida mientras pensamos en algo que tenemos que solucionar mañana. Intentamos escuchar a alguien mientras recordamos un mensaje que todavía no hemos contestado. Nos sentamos a descansar y aparece aquello que no queremos olvidar, la decisión que tenemos pendiente o el problema de alguien que nos preocupa.
___________________________________________________________________________________________________________________________
No estamos haciendo cinco cosas al mismo tiempo, pero nuestra mente continúa trabajando en cinco sitios diferentes.
Tenemos lo que podemos llamar una mente pluriempleada.
__________________________________________________________________________________________________________________________
No todo lo que ocupa tu cabeza es una tarea
Cuando nos sentimos así, una de las primeras conclusiones a las que llegamos suele ser: «Necesito organizarme mejor».
Y a veces, puede que sea lo necesario, porque podemos pasar por etapas en nuestra vida en las que tenemos demasiadas obligaciones.
Otras veces hemos organizado nuestros días como si todo nuestro tiempo pudiera ocuparse con tareas, sin dejar margen para los imprevistos, el descanso o simplemente para pasar de una actividad a otra.
Incluso podemos planificar sin tener en cuenta que nuestra capacidad de atención y nuestra energía no son iguales todos los días ni a todas las horas.
Además, tenemos que considerar que no todo lo que nos ocupa mentalmente puede resolverse distribuyendo mejor las tareas.
Porque en nuestra cabeza no solo llevamos cosas que tenemos que hacer; también llevamos cosas que debemos recordar, junto con todas las emociones que muchas veces las acompañan.
Una agenda recoge aquello que tenemos que llevar a cabo, pero no muestra necesariamente todo lo que estamos sosteniendo mientras lo hacemos.
Dos personas pueden tener exactamente las mismas tareas pendientes y afrontar una carga mental y emocional completamente diferente.
Normalmente, al organizar nuestra agenda, no tenemos en cuenta otros factores.
Nos surgen decisiones que todavía no podemos tomar o tenemos conversaciones pendientes. Hay problemas que aún no tienen solución y sentimos preocupación por personas que queremos.
También nuestra mente muchas veces se va a situaciones que ya han ocurrido, pero que seguimos revisando.
Algo que dijimos y no sabemos cómo habrá sido recibido. Lo que podría pasar mañana… o lo que no depende completamente de nosotros, pero nos importa.
Todo esto puede permanecer activo, tomando nuestra atención mientras intentamos ocuparnos de lo que tenemos delante.
No es raro que terminemos el día pensando:
«Pero si hoy tampoco he hecho tanto, ¿por qué estoy tan cansado?»
Quizá la cantidad de tareas realizadas no refleja necesariamente el volumen de asuntos que hemos estado manteniendo mentalmente.
Tener algo pendiente no significa pensar continuamente en ello
Tener algo pendiente no implica la obligación de pensar continuamente en ello. Sin embargo, puede estar tomando nuestra atención en segundo plano, como ocurre con las ventanas abiertas de nuestro ordenador.
Nuestra mente tiene una buena razón para mantener algunos asuntos activos: no quiere que olvidemos algo importante.
Si mañana tengo que hacer una llamada, es útil recordarlo. Un problema que necesita una solución, atrae mi pensamiento en busca de ella. Y una decisión que debo tomar, ocupa mis pensamientos porque es importante para mí.
____________________________________________________________________________________________________________________________
El problema aparece, cuando confundimos mantener algo presente con mantenernos permanentemente pensando en ello.
____________________________________________________________________________________________________________________________
Porque puedo necesitar recordar que mañana tengo una cita sin repasar diez veces durante el día todo lo relacionado con ella.
O saber que tengo una conversación pendiente sin mantenerla mentalmente durante horas.
Puedo estar preocupado por algo que ocurrirá dentro de una semana sin «romperme la cabeza» con ello, sabiendo que hoy no puedo hacer absolutamente nada para solucionarlo.
Incluso puedo haber tomado ya una decisión y permitirme dejar de revisarla por si acaso consigo una seguridad mayor.
Entonces podemos reconocer que nuestra atención permanece ocupada en asuntos que son importantes, sí, pero que no requieren nuestra actuación en ese momento.
Y mientras una parte de nosotros continúa trabajando allí, tenemos menos capacidad para estar realmente en lo que estamos haciendo.
Hay cosas que no necesitan tu atención ahora
María —no es su nombre real— llegó a mi consulta con mucho estrés.
Me explicó que había hecho las consabidas técnicas de mindfulness, relajación y demás, pero una y otra vez acababa sintiéndose muy saturada y huyendo durante unos días de todas las responsabilidades.
Reconocía que cuando hacía una de esas técnicas antiestrés, por un rato mejoraba y podía abordar las tareas con más calma.
Pero se había dado cuenta de que el problema no se solucionaba parcheándolo con una técnica, sobre todo cuando, en medio de la vorágine del día a día, se solapaban cuatro o cinco asuntos y se le ponía un nudo en el estómago.
Así que hablamos de cómo gestionaba ella ese día a día y llegó a la conclusión de que no era capaz de separar las situaciones.
Si se presentaba un problema, quería solucionarlo inmediatamente. Se metía en la acción o en la preocupación constantemente.
En el trabajo, abordaba cuatro o cinco asuntos simultáneamente. De hecho, la llamaban siempre «la chica multitarea» porque actuaba en varios frentes a la vez y era eficaz la mayoría de las veces, pero no siempre.
El coste de todo esto era una sobrecarga mental, con dolores de cabeza, mucho cansancio y una incipiente gastritis.
Así que hablamos de cómo ser capaz de gestionar sin mezclar las situaciones.
Aprender a distinguir lo que necesita nuestra intervención
Estuvimos identificando algunos de los comportamientos que la llevaban al colapso.
Trabajamos cómo distinguir lo que necesitaba su actuación inmediata de lo que debía posponer.
Qué hacer si había algo que necesitaba recordar, aunque decidiera hacerlo después.
Cómo podía aceptar lo que todavía no podía resolver y las cosas que no dependían de ella.
Y también cómo podía abordar de forma sencilla aquello que le preocupaba.
__________________________________________________________________________________________________________________
Porque no todo lo que se nos presenta necesita nuestra intervención, ni la necesita en ese mismo momento.
_________________________________________________________________________________________________________________
Si algo requiere mi actuación ahora, puedo ocuparme de ello, pero si necesito recordarlo para después, puedo buscar una forma de asegurarme de que no lo olvidaré, sin tener que abandonar lo que ya estaba haciendo.
Si hay algo que todavía no puedo resolver, seguir dándole vueltas continuamente quizá no adelante la solución. Y, en el caso de que no dependa de mí, tendré que distinguir qué pequeña parte sí está en mis manos.
Si algo simplemente me preocupa, quizá necesite atender, no al problema, sino a lo que ese problema está provocando emocionalmente en mí.
Esta última diferencia es especialmente importante, porque no toda actividad mental se produce para buscar soluciones.
Muchas veces pensamos como consecuencia de estar preocupados, de tener miedo o angustia.
Esa es la conclusión a la que llegó María. No podía soportar tener tantas cosas delante sin dejarlas todas resueltas de inmediato. Le producía angustia mantener asuntos sin terminar.
Fue todo un proceso de varias sesiones comprender que su constante preocupación contribuía decisivamente a que acabara sintiéndose tan sobrepasada.
Y aprendió a detener ese proceso de sobrecarga.
Cuando lo que tienes pendiente lleva una carga emocional
Hay asuntos que permanecen activos precisamente porque nos importan mucho.
Cuando has tenido una conversación incómoda con alguien, vuelves a ella durante el resto del día.
Recuerdas lo que dijiste y piensas que quizá deberías haber utilizado otras palabras. Imaginas cómo habrá interpretado el otro una determinada frase. Analizas lo que él dijo o hizo. Te preguntas si estará molesto.
Y con esto, te puede parecer que estás intentando «resolver» la conversación, pero quizá ya no haya nada que resolver en ese momento.
Porque lo que sigue activo en ti es tu preocupación por las consecuencias, tu miedo a que cambie la relación o tu necesidad de saber que todo está bien.
Ocurre lo mismo cuando estamos excesivamente pendientes de lo que tiene que hacer alguien a quien queremos.
Nosotros no estamos directamente involucrados, pero nos preocupa que se equivoque, que algo salga mal o que no haga aquello que creemos conveniente.
__________________________________________________________________________________________________________________________
También cuando revisamos una decisión una y otra vez puede que no necesitemos pensar más. Porque al hacerlo, quizá lo que estamos buscando sea una certeza absoluta que ninguna decisión puede ofrecernos.
_________________________________________________________________________________________________________________________
Por eso, no siempre podemos descargar nuestra mente simplemente haciendo una lista de tareas. Las listas sirven estupendamente para las tareas, pero no resuelven por sí solas una preocupación.
Pensar más no siempre significa ocuparte mejor
Existe una idea que podemos asumir sin darnos cuenta: si dejo de pensar en algo importante, lo estoy desatendiendo y se va a desmoronar.
Es como si tuviera que estar «de guardia» para asegurarme de que se soluciona. Y no necesariamente es así.
Puedo querer muchísimo a una persona sin pensar constantemente en sus problemas.
También puedo tomarme muy en serio una decisión y permitirme dejar de analizarla durante un tiempo.
Puedo estar preocupado por algo y, aun así, prestar atención a la conversación que estoy manteniendo, a mi trabajo o al paseo que estoy dando.
Dejar de pensar temporalmente en un asunto no significa que haya dejado de importarnos.
Significa que reconocemos que nuestra atención es limitada y que no podemos dedicarla completamente a cinco lugares al mismo tiempo.
____________________________________________________________________________________________________________________________
Además, pensar continuamente en un problema no garantiza que estemos avanzando hacia una solución, porque a partir de determinado punto podemos estar recorriendo una y otra vez el mismo camino mental.
Y eso consume energía sin proporcionarnos necesariamente más claridad.
____________________________________________________________________________________________________________________________
El descanso también necesita que terminemos algunos de nuestros empleos mentales
Puedes haber terminado de trabajar a las seis, o has acabado de recoger la cocina, o terminaste de enviar el último mensaje, y entonces decides que ya puedes sentarte por fin en el sofá.
Sin embargo, sigues sin descansar, porque físicamente has terminado, pero tu mente continúa fichando en varios empleos:
Repasa lo pendiente.
Anticipa para prevenir.
Recuerda lo que no funcionó.
Ensaya conversaciones.
Busca soluciones varias.
Comprueba si se te olvida algo.
Intenta adelantarse a mañana.
Y este tiovivo mental hace que algunas personas digan:
«No soy capaz de descansar».
Pero, en algunos casos, no es exactamente eso. Tal vez sí son capaces de sentarse, parar o no hacer nada, pero lo que les cuesta es dejar sin atender temporalmente algunos de los asuntos que mantienen abiertos por dentro.
Y para conseguir esto no siempre necesitamos hacer menos. Muchas veces necesitamos aprender a diferenciar qué merece nuestra atención ahora y qué puede esperar.
Recuperar nuestra atención
Cuando notes que tienes la cabeza llena, antes de intentar resolver todo lo que aparece en ella, puede ser útil preguntarte:
Esto que está ocupando mi atención, ¿necesita realmente algo de mí ahora?
Si la respuesta es sí, quizá puedas decidir qué hacer y tomar las acciones necesarias.
Pero si la respuesta es no, hazte una segunda pregunta que puede ser muy interesante:
¿Por qué necesito seguir manteniéndolo activo?
Tal vez tengas miedo de olvidarlo o quizá estás intentando anticiparte a un problema.
Puede que estés buscando una certeza que todavía no existe.
O puede que detrás de ese pensamiento haya una preocupación, un sentimiento de responsabilidad, miedo, culpa o la necesidad de controlar algo que te importa.
Entonces ya no estás ante un problema de agenda. Lo que tienes delante es algo que necesita otra clase de respuesta.
Aprender a gestionar esos momentos en los que nos sentimos sobrepasados no consiste únicamente en hacer menos cosas. También implica aprender dónde ponemos nuestra atención, cuánto tiempo permanecemos mentalmente vinculados a cada asunto y qué hacemos con aquello que no podemos resolver en este momento.
No necesitamos despedir a nuestra mente de ninguno de sus empleos importantes, pero quizá sí podamos enseñarle que no tiene que estar trabajando en todos a la vez.
Y cuando consiga salir de alguno de ellos, aunque sea durante un rato, podrá volver a estar de verdad donde se encuentra en ese instante y permitirse descansar.
¿Te ha ayudado esta reflexión?
Si quieres profundizar en lo que hemos visto y descubrir nuevas herramientas para gestionar esos momentos en los que te sientes sobrepasada, puedes empezar por este recurso gratuito.
▶ Ver el vídeo gratuito «Por qué sigues sintiéndote sobrepasado aunque lo estés intentando todo»
También puedes recibir en tu correo nuevas reflexiones, herramientas prácticas y recursos para aplicar la inteligencia emocional a tu vida cotidiana.
✉️ Suscríbete gratuitamente a Gestión Emocional Inteligente en Substack