Todos deseamos rodearnos de personas que nos transmitan confianza, respeto y serenidad. Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos y que puede cambiar profundamente nuestra forma de relacionarnos: ¿cómo es la experiencia de estar con nosotros?

Si hoy te resulta más fácil escuchar que leer, puedes escuchar esta reflexión completa aquí.

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Todos deseamos relaciones que nos hagan bien

Hace algún tiempo, acompañé en un proceso de coaching a un consultante al que llamaré Sergio. Llegó porque sufría profundamente por las continuas discusiones con su familia de origen y con la familia que había formado. Aquellos conflictos estaban afectando a su bienestar e incluso habían puesto en peligro su matrimonio.

Durante casi dos años trabajamos sobre su gestión emocional y algunos objetivos profesionales. En medio del proceso, me recomendó a su hermano mayor y durante un tiempo tuve la oportunidad de acompañar a ambos.

Fue una experiencia muy enriquecedora.

Escuchar dos versiones de una misma historia familiar me recordó algo que he visto repetirse muchas veces a lo largo de los años: cada persona vive una relación desde su propia mirada.

Y precisamente por eso existe una pregunta que merece la pena hacernos.

Todos queremos relacionarnos con personas que:

  • sepan escuchar;
  • respeten;
  • inspiren confianza;
  • sean capaces límites sin herir;
  • y estén presentes cuando las necesitamos.

Pero quizá también necesitemos preguntarnos:

¿Cómo es la experiencia de relacionarse conmigo?

Porque las relaciones saludables no dependen únicamente de encontrar a las personas adecuadas. También dependen de convertirnos en alguien con quien resulte fácil construir una relación basada en el respeto, la confianza y la serenidad.

 

Solemos mirar antes al otro que a nosotros mismos

Cuando una relación atraviesa dificultades, lo más natural es dirigir nuestra atención hacia la otra persona.

Nos preguntamos por qué actúa de determinada manera, qué debería cambiar o qué podría hacer diferente.

Son preguntas completamente comprensibles.

Sin embargo, existe otra cuestión que suele abrir caminos mucho más útiles, porque dirige nuestra atención hacia la única parte de la relación sobre la que realmente podemos actuar.

      ¿Qué puedo hacer yo para mejorar esta relación?

Tomar esta perspectiva, no significa asumir toda la responsabilidad ni justificar lo que hace el otro.

Significa reconocer que siempre existe una parte de la relación que sí depende de nosotros. Y esa parte suele tener mucha más capacidad de influencia de la que imaginamos.

Una relación saludable nunca depende de una sola persona

Las relaciones se construyen entre dos personas.

Cada una aporta su forma de pensar, de sentir, de comunicarse y de responder.

Por eso, mucho antes de que aparezcan los grandes conflictos, ya estamos construyendo la relación a través de pequeños gestos cotidianos.

Lo hacemos cuando:

  • elegimos nuestras palabras;
  • escuchamos con atención;
  • reconocemos un error;
  • pedimos disculpas;
  • ponemos un límite con respeto;
  • o respondemos desde la comprensión en lugar de reaccionar impulsivamente.

Ahora bien, esto no significa que todas las relaciones tengan siempre la misma responsabilidad compartida.

Existen situaciones en las que una persona actúa de una forma claramente dañina y será necesario proteger nuestra dignidad y nuestro bienestar.

Pero, en la mayoría de las relaciones cotidianas, siempre existe un espacio donde nuestras propias actitudes pueden favorecer el entendimiento, la confianza y el respeto mutuo.

Por eso merece la pena preguntarnos:

     ¿Qué clase de relación estoy ayudando a construir con mi forma de estar, comunicarme y responder a los demás?

 

Las pequeñas conductas construyen grandes relaciones

Cuando pensamos en una buena relación solemos imaginar grandes demostraciones de apoyo, confianza o generosidad.

Sin embargo, las relaciones rara vez se fortalecen gracias a un único gran gesto. Lo suelen hacer mediante pequeñas acciones que repetimos una y otra vez; acciones que incluyen una implicación real y una coherencia que construyen una base sólida para tener esa buena relación:.

  • Escuchar con verdadera atención.
  • Cumplir aquello a lo que nos hemos comprometido.
  • Reconocer un error sin buscar inmediatamente una justificación.
  • Intentar comprender antes que tener razón.
  • Expresar un agradecimiento sincero.
  • Comunicar lo que necesitamos sin atacar al otro.
  • Respetar los límites de los demás del mismo modo que deseamos que respeten los nuestros.
  •  

Ninguno de estos gestos parece extraordinario por sí solo; sin embargo, cuando forman parte de nuestra manera habitual de relacionarnos, hacen que la otra persona se sienta escuchada, respetada, valorada y segura.

 

Los límites también son una forma de cuidar la relación

Durante mucho tiempo hemos entendido los límites únicamente como una forma de protegernos.

Y, en determinadas circunstancias, efectivamente cumplen esa función.

Pero un límite expresado con respeto también protege la propia relación, porque ayuda a evitar resentimientos, reduce muchos malentendidos y permite que ambas personas sepan hasta dónde pueden llegar sin hacerse daño.

Aprender a expresar nuestros límites es importante, pero también lo es aprender a tener en cuenta las líneas de respeto de los demás.

Porque ambas capacidades forman parte del mismo aprendizaje emocional.

 

No siempre podremos conservar todas las relaciones

Hay una realidad que también conviene aceptar.

Por mucho que pongamos de nuestra parte, no todas las relaciones podrán mantenerse.

Y eso no significa necesariamente que alguien haya fracasado.

Cuando actuamos con coherencia, respeto y honestidad, algunas relaciones se fortalecen, otras simplemente siguen caminos diferentes.

Aceptar esa realidad también forma parte de una manera madura de relacionarnos.

Porque no siempre es necesario convertir al otro en un enemigo para comprender que ha llegado el momento de tomar direcciones distintas.

 

Una pregunta para esta semana

Piensa en una relación importante para ti, el propósito no es para juzgar a la otra persona, ni tampoco para cargarla con toda la responsabilidad.

Te lo propongo simplemente para ampliar tu mirada. Así que, pregúntate:

      ¿Qué puedo aportar yo para que esta relación sea un poco más sana, más tranquila o más auténtica?

A veces, un pequeño cambio en nuestra manera de relacionarnos abre espacios que antes parecían imposibles o ni siquiera habíamos tenido en cuenta.

 

Reflexión final

Sin duda, todos deseamos encontrar personas que transmitan confianza, serenidad y respeto, porque nuestro enfoque, casi siempre, está en lo que el otro puede ofrecerte. Pero quizá la pregunta que transforma nuestras relaciones sea otra:

     ¿Estoy convirtiéndome yo también en una de esas personas?

Porque las relaciones saludables no aparecen por casualidad, como hemos visto, se van construyendo día a día.

Y cada uno de nosotros participa en esa construcción con la forma en que escucha, habla, pone límites, reconoce sus errores y decide estar presente para los demás.

La inteligencia emocional no es únicamente comprender nuestras emociones. También implica aprender a convertirnos en alguien que contribuya a que las relaciones sean un poco más sanas, más respetuosas y más humanas.

 

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