Cumplir con nuestras responsabilidades no debería exigirnos vivir permanentemente estresados. Podemos aprender a ser eficaces sin renunciar a nuestra tranquilidad.

Araceli Vega sentada al aire libre, con una blusa verde, en un entorno ajardinado.

 

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«Me niego a volver al estrés que tenía antes de mis vacaciones».

¿Cuántas veces has sentido esto al regresar a tu trabajo?

En uno de nuestros últimos Talleres Mensuales de Inteligencia Emocional, una mujer con un trabajo de formación y ejecutivo intenso compartió una experiencia que nos permitió reflexionar sobre algo que afecta a muchas personas: la dificultad de cumplir con todas nuestras responsabilidades sin sentirnos constantemente presionados.

Se trata de una mujer con una gran capacidad de trabajo, acostumbrada a desarrollar distintas actividades profesionales y a responder eficazmente a numerosos compromisos.

Durante mucho tiempo había mantenido un ritmo de vida muy intenso; sin embargo, después de unas vacaciones en las que consiguió desconectar por completo, descubrió que le estaba costando muchísimo recuperar su actividad habitual.

Había regresado a sus responsabilidades, pero su mente parecía continuar de vacaciones, en modo relajado y a un ritmo de trabajo lento y desconocido para ella.

Lo curioso era que, por una parte, echaba de menos la eficacia con la que anteriormente se desenvolvía y quería volver a trabajar con la misma capacidad de concentración, iniciativa y resolución; pero, por otra, se encontraba mucho más tranquila que antes y no parecía dispuesta a perder ese bienestar conquistado.

A lo largo del taller, mientras investigábamos lo que estaba ocurriendo, apareció una posibilidad que hasta entonces no había contemplado.

Quizá no se trataba de que hubiera perdido su motivación ni de que se hubiera vuelto menos trabajadora. Tal vez una parte de ella se resistía a recuperar la forma en que anteriormente afrontaba sus obligaciones, porque esa manera de funcionar había estado acompañada de un estrés considerable.

Mientras avanzábamos en el taller, pude observar cómo iba relacionando lo que estábamos trabajando con su propia experiencia. Asentía, tomaba notas y parecía reconocer aspectos de su manera de funcionar que hasta entonces no había identificado con tanta claridad.

Eso no significaba que hubiera resuelto su dificultad.

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Comprender lo que nos ocurre es un paso importante, pero después necesitamos encontrar cómo aplicar esa comprensión 

a nuestra vida cotidiana, comprobar qué cambios funcionan y realizar los ajustes necesarios.

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En su caso, el desafío no consistía en abandonar sus responsabilidades ni en resignarse a ser menos eficaz, sino en encontrar una nueva manera de ser eficaz sin tener que regresar al estrés que anteriormente acompañaba a su actividad.

Y esa es una cuestión sobre la que merece la pena reflexionar.

 

Cuando la presión se convierte en nuestra forma habitual de funcionar

Hay personas que llevan tantos años respondiendo a sus obligaciones mediante la exigencia y la urgencia que apenas conciben otra manera de hacerlo.

Se levantan pensando en todo lo que tienen pendiente. Organizan mentalmente las siguientes horas mientras realizan las primeras tareas del día. Calculan cuánto les falta, anticipan posibles dificultades y procuran aprovechar cualquier momento disponible.

A menudo consiguen resultados excelentes.

Son personas resolutivas, responsables, comprometidas y capaces de desarrollar una gran cantidad de trabajo; sin embargo, esa eficacia puede estar acompañada de una tensión que termina formando parte de su vida cotidiana.

No siempre son conscientes de ella. A veces la consideran una consecuencia inevitable de tener muchas responsabilidades. Otras veces incluso llegan a pensar que esa presión es precisamente lo que les permite funcionar tan bien.

«Si no me exijo, no hago las cosas».

«Necesito sentir la urgencia para ponerme en marcha».

«Cuando tengo demasiadas cosas pendientes, no puedo permitirme bajar el ritmo».

Son afirmaciones que expresan una manera de relacionarnos con nuestras obligaciones.

Y aquí conviene distinguir dos cosas: la capacidad que tenemos para realizar una tarea y el estado emocional desde el que nos obligamos a realizarla.

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Podemos ser personas muy competentes y, al mismo tiempo, habernos acostumbrado a utilizar la presión como una forma de activarnos. Pero que hayamos aprendido a funcionar así no significa que sea la única manera posible.

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La eficacia y el estrés no son lo mismo

El estrés es una respuesta que nos ayuda a movilizar recursos ante situaciones que percibimos como exigentes o amenazantes.

En determinados momentos puede facilitar que reaccionemos con rapidez, concentremos nuestros esfuerzos o respondamos a una necesidad urgente.

El problema no es experimentar estrés ocasionalmente, sino vivir como si casi todas nuestras obligaciones necesitaran ese estado de activación.

Una entrega importante, una conversación pendiente, una reunión, una gestión doméstica o una tarea que queremos terminar pueden convertirse en motivos para mantenernos permanentemente alerta.

Y cuando ese funcionamiento se prolonga, podemos empezar a confundir dos experiencias diferentes.

Por una parte, está la satisfacción de realizar bien nuestro trabajo, cumplir con nuestros compromisos y avanzar hacia nuestros objetivos.

Por otra, está la tensión que sentimos mientras intentamos conseguirlo.

La primera tiene que ver con nuestra eficacia. La segunda, con la manera en que estamos afrontando las exigencias.

No necesitamos renunciar a nuestros objetivos para revisar esa manera de funcionar.

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De hecho, podemos mantener un alto nivel de compromiso y responsabilidad sin convertir cada tarea pendiente 

en una urgencia ni cada dificultad en una amenaza para nuestra tranquilidad.

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Eso no significa que vayamos a estar siempre relajados. Hay momentos que requieren esfuerzo, concentración, rapidez e incluso afrontar situaciones desagradables.

La cuestión es si necesitamos permanecer bajo presión también cuando las circunstancias no lo exigen.

 

Cuando una parte de ti no quiere volver a vivir como antes

Volvamos a la experiencia con la que comenzábamos.

Durante las vacaciones, aquella participante había conseguido algo que anteriormente le resultaba difícil: desconectar de sus responsabilidades y experimentar una tranquilidad que deseaba conservar.

Al regresar, descubrió que no podía recuperar fácilmente su ritmo habitual.

Una primera interpretación podría haber sido que estaba desmotivada, que había perdido disciplina o que necesitaba esforzarse más para volver a ser la persona eficaz de antes.

Sin embargo, durante el taller apareció otra posibilidad: quizá lo que le costaba recuperar no era su capacidad de trabajo, sino una forma de trabajar que asociaba con demasiado estrés.

No podemos asegurar que esa fuera la única explicación de lo que estaba viviendo. Pero sí fue una perspectiva que le permitió comprender su dificultad de otra manera.

Y esto es importante porque la explicación que damos a lo que nos ocurre, influye en la forma en que intentamos solucionarlo.

Si pienso que me he vuelto una persona poco disciplinada, probablemente trataré de exigirme más.

Si considero que he perdido mi capacidad de trabajo, quizá me esfuerce por demostrarme que todavía puedo hacer todo lo que hacía antes.

Pero si descubro que estoy intentando regresar a una forma de vivir que me generaba demasiado malestar, la pregunta cambia.

Ya no se trata únicamente de cómo recuperar mi ritmo anterior, ahora necesito preguntarme:

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¿Cómo puedo seguir cumpliendo con mis responsabilidades sin recuperar también aquello que me estaba perjudicando?

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Esta pregunta abre un camino diferente.

Porque quizá el cambio no reside en regresar al punto de partida, sino en construir una manera de funcionar que tenga en cuenta tanto nuestras obligaciones como nuestro bienestar.

 

No siempre podemos llegar a todo

Aquí aparece una dificultad que muchas personas encuentran cuando intentan reducir su nivel de estrés.

Tenemos responsabilidades reales y hay tareas que debemos cumplir, personas que dependen de nosotros, compromisos profesionales, obligaciones familiares y circunstancias que no podemos modificar simplemente porque nos gustaría vivir con más tranquilidad.

Por eso, aprender a ser eficaces sin vivir bajo presión no consiste en decirnos que dejemos de preocuparnos por todo, tampoco se trata de hacer aquello que nos apetezca. Necesitamos responder a nuestra vida.

Sin embargo, también necesitamos reconocer que nuestra capacidad de actuación tiene límites, aunque seamos personas responsables, preparadas y acostumbradas a resolver muchas cosas.

Hay días en los que podemos realizar todo lo que nos habíamos propuesto. Otros en los que aparecen imprevistos, dificultades, interrupciones o necesidades que no habíamos contemplado.

En ocasiones hemos calculado mal el tiempo necesario. Otras veces hemos asumido más compromisos de los que razonablemente podemos atender.

Y también puede ocurrir que estemos atravesando una situación personal que disminuya temporalmente nuestra disponibilidad mental o emocional.

Nada de esto significa necesariamente que seamos ineficaces.

Significa que estamos viviendo en unas circunstancias concretas y que necesitamos responder a ellas con los recursos de los que disponemos.

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La dificultad comienza cuando, además de las tareas que tenemos pendientes, añadimos una exigencia: 

la obligación de conseguirlo todo, en el tiempo previsto y sin admitir ninguna limitación.

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Entonces no solo tenemos que afrontar nuestras responsabilidades, también tenemos que soportar la presión que nos imponemos por no poder responder a todas ellas exactamente como habíamos imaginado.

 

¿Qué ocurre cuando no llegas a todo?

Imagina que comienza el día y tienes seis tareas importantes que realizar.

Las has organizado, has calculado el tiempo que necesitas y te dispones a trabajar, pero surge un imprevisto que requiere tu atención durante dos horas.

Cuando vuelves a tus tareas, descubres que ya no dispones del tiempo necesario para terminarlas todas.

Ante esa situación puedes reaccionar de distintas maneras.

Quizá intentes acelerar el ritmo, prescindir de los descansos y trabajar con una sensación creciente de urgencia.

Puede que empieces a reprocharte no haber previsto lo ocurrido o quizá pienses que deberías ser capaz de resolverlo todo.

Probablemente dediques parte de tu atención a preocuparte por lo que no vas a conseguir terminar.

En cualquiera de estos casos, al trabajo pendiente se añade una carga emocional que puede dificultar todavía más tu capacidad para actuar con claridad.

Pero existe otra posibilidad.

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Puedes reconocer que las circunstancias han cambiado y revisar qué respuesta resulta más adecuada ahora.

Tal vez necesites modificar el orden de las tareas, aplazar alguna, comunicar un retraso, pedir colaboración 

o aceptar que una parte del trabajo tendrá que esperar.

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No siempre será una decisión agradable, incluso puede tener consecuencias que debas afrontar.

Pero responder a una dificultad no exige necesariamente convertirla en una situación de tensión permanente.

La eficacia también consiste en saber adaptarnos cuando las circunstancias no permiten cumplir exactamente lo previsto, y esto requiere algo más que organizar bien nuestro tiempo: necesitamos aprender a gestionar la frustración, la incertidumbre y las expectativas que aparecen cuando las cosas no salen como esperábamos.

 

La presión que añadimos a nuestras obligaciones

Hay una diferencia entre las exigencias que proceden de nuestras circunstancias y las que nosotros añadimos al interpretarlas.

Una fecha de entrega puede ser una exigencia real, pero la idea de que no podemos equivocarnos, retrasarnos o necesitar ayuda puede ser una exigencia añadida.

Tener que resolver un problema es una responsabilidad, ahora bien, pensar que debemos encontrar inmediatamente la solución perfecta puede aumentar innecesariamente la tensión.

Desear hacer bien nuestro trabajo es algo positivo, pero considerar que cualquier resultado inferior al que esperábamos demuestra que no somos suficientemente capaces puede convertir ese deseo en una fuente de malestar.

Esto no significa que toda presión sea imaginaria ni que baste con cambiar nuestra manera de pensar para resolver cualquier situación.

A veces las condiciones laborales son realmente difíciles, las responsabilidades familiares resultan excesivas o las demandas que recibimos superan nuestros recursos.

En esos casos, gestionar nuestras emociones también puede ayudarnos a reconocer que necesitamos introducir cambios externos, negociar condiciones, establecer límites o buscar apoyo.

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La gestión emocional no debería servir para enseñarnos a soportar indefinidamente situaciones que necesitan ser modificadas.

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Sin embargo, cuando una parte de la presión procede de nuestras propias interpretaciones, expectativas o hábitos, tenemos la posibilidad de revisar cómo estamos contribuyendo a ella.

Y ahí podemos empezar a desarrollar una eficacia menos dependiente del estrés.

 

Aprender a actuar sin utilizar la presión como motor

Si durante mucho tiempo hemos conseguido hacer las cosas mediante la urgencia y la autoexigencia, cambiar esa manera de funcionar puede resultarnos extraño.

Quizá al principio sintamos que, si dejamos de presionarnos, perderemos iniciativa.

Podemos confundir la tranquilidad con la pasividad o pensar que trabajar sin tensión significa estar menos comprometidos. Pero una cosa es necesitar motivación, disciplina y constancia, y otra muy distinta necesitar sentirnos amenazados por nuestras obligaciones para ponernos en marcha.

Podemos actuar porque algo es importante para nosotros, porque hemos asumido un compromiso, porque queremos conseguir un objetivo, porque sabemos que una tarea necesita nuestra atención.

No necesitamos añadir siempre el temor a no llegar, la culpa por detenernos o la sensación de que nunca hacemos suficiente.

Esto requiere práctica.

También exige reconocer qué mecanismos utilizamos habitualmente para activarnos.

Hay personas que necesitan sentir que todo es urgente. Otras se ponen en marcha cuando temen decepcionar a alguien. Algunas trabajan sin descanso porque les resulta difícil tolerar que queden asuntos pendientes.

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En estos casos, aprender a funcionar de otra manera implica descubrir qué hay detrás de esa necesidad de presión y encontrar formas alternativas de responder.

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No se trata de dejar de ser responsables.

Se trata de aprender a ejercer nuestra responsabilidad sin convertirla continuamente en una fuente de sufrimiento.

 

Una pequeña práctica para los momentos de presión

La próxima vez que tengas varias obligaciones pendientes y empieces a sentir que no vas a llegar a todo, puedes detenerte un momento y observar qué está ocurriendo.

No para abandonar tus tareas ni para convencerte de que no son importantes, sino para distinguir lo que realmente necesitas resolver de la presión que quizá estás añadiendo.

Lo que te comparto es algo que practico constantemente y es uno de los medios más eficaces que tengo para evitar el estrés.

Puedes ayudarte con tres preguntas.

  • ¿Qué es realmente necesario que haga ahora?

Esta pregunta te permite revisar tus prioridades teniendo en cuenta las circunstancias actuales, no únicamente el plan que habías preparado.

  • ¿Qué estoy intentando conseguir mediante la presión que me estoy imponiendo?

Quizá estés intentando evitar un error, asegurarte de que nadie se decepcione contigo, demostrar tu capacidad o impedir que algo quede sin resolver.

Reconocerlo puede ayudarte a comprender por qué te cuesta tanto reducir la exigencia.

  • ¿Cómo puedo responder a esta responsabilidad sin añadir una exigencia emocional innecesaria?

Tal vez puedas concentrarte en una sola tarea, aceptar que otra tendrá que esperar, solicitar colaboración, comunicar una dificultad o simplemente realizar lo que corresponde sin reprocharte continuamente lo que todavía no has conseguido.

No siempre encontrarás una respuesta inmediata.

Pero estas preguntas pueden ayudarte a pasar de reaccionar automáticamente mediante la presión a elegir de manera más consciente cómo quieres actuar.

Y eso ya supone una diferencia importante.

 

Construir una eficacia que podamos sostener

Volvamos, para terminar, a la participante del taller.

Algunos días después, aquella participante me escribió para contarme algo que me alegró especialmente.

Había conseguido retomar la redacción de un capítulo de su tesis, una tarea que llevaba tiempo posponiendo. El mismo día del taller comenzó a organizar su investigación y durante los días siguientes pudo continuar avanzando.

Pero lo más interesante no era únicamente que hubiera recuperado su actividad, sino cómo estaba empezando a hacerlo.

Me explicó que estaba consiguiendo atender sus prioridades y responder a los imprevistos sin regresar a aquella inercia de «hacer, hacer, hacer» que tanto estrés le había generado.

«Creo que voy retomándolo de manera productiva sin perderme en el estrés, que eso era lo que no quería hacer», me decía.

Y esta es, precisamente, una de las cuestiones fundamentales que trabajamos en el taller: no se trata de elegir entre ser eficaces o vivir con tranquilidad, sino de aprender a desarrollar nuestras capacidades sin depender continuamente de la presión.

Su experiencia no significa que todas las dificultades estén resueltas ni tampoco implica que no vayan a aparecer nuevos desafíos. Pero sí muestra cómo una toma de conciencia puede convertirse en el comienzo de una manera diferente de actuar.

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Porque los cambios personales no terminan cuando comprendemos algo importante; 

el siguiente paso es aprender a vivir de acuerdo con esa nueva comprensión.

Y en este proceso, conviene recordar que la eficacia no consiste únicamente en la cantidad de tareas que realizamos o en los resultados que conseguimos; también importa de forma fundamental cómo llegamos a ellos.

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Si para cumplir con nuestras obligaciones necesitamos permanecer continuamente tensos, preocupados y agotados, quizá merezca la pena revisar nuestra manera de funcionar.

No para renunciar a nuestras capacidades, a nuestros objetivos o a nuestros compromisos, sino para encontrar una forma de desarrollarlos que podamos mantener sin deteriorar nuestro bienestar.

No siempre necesitamos recuperar la persona que éramos antes de detenernos. A veces necesitamos aprender a seguir avanzando sin recuperar también aquello que nos estaba perjudicando.

Y quizá una de las mejores formas de cuidar nuestra eficacia sea precisamente aprender a no depender tanto de la presión para conseguirla.

 

¿Te ha ayudado esta reflexión?

Si estás acostumbrado a cumplir con tus responsabilidades mediante la exigencia y la urgencia, quizá hayas llegado a pensar que necesitas esa presión para ser eficaz.

Pero aprender a gestionar mejor tus emociones no significa renunciar a tus compromisos, sino encontrar maneras de afrontarlos sin añadir continuamente más tensión a tu vida.

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